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October 06 Un sábado cualquieraHe tenido que madrugar, pues a mi coche ayer se le ocurrió que ya no arrancaba más. Tanto tiempo llevándome de un lado a otro es normal que quisiera tomarse este fin de semana de vacaciones. Aunque a priori esto, tanto el madrugar como la rotura del coche, pueda parecer un fastidio he decidido tomármelo por el lado positivo. Me he levantado tempranito, me he arreglado y a las 8 en punto estaba en el taller. Allí estaba mi cochito, a la puerta, desangelado porque anoche tuvo que dormir en la calle, jejeje. Hasta allí lo trasladó la grúa: era la primera vez que salía a dar una vuelta y no tenía que circular, sino que iba de pasajero, jejeje. Como era tan temprano cuando llegué pude ver a través de un hueco que dejaban las distintas construcciones, un pequeño trozo de mi Mar y como el sol iba, perezoso, alzándose en el cielo. De vuelta a casa, sin coche y sin solución hasta el lunes, lejos de desmoralizarme aproveché para pasear por mi pueblo, fijarme en detalles que la mayoría de las veces ni siquiera miro, encontrarme con sus olores, con sus gentes. Me paré en algunas tiendas y ví, a través de los cristales, como los empleados iban, poco a poco, poniendo todo en orden y preparándose para abrir. Algunos con sonrisa en los labios, otros con el sueño aún pegado recordando que en la cama se está mejor. En ese momento me sentí una privilegiada: yo tenía toda la mañana para fijarme en esos pequeños grandes detalles mientras que ellos sólo podían, al menos por ese momento, prepararse para afrontar un día más de trabajo. Me hizo recordar lo afortunados que somos y las poquitas veces que nos damos cuenta de ello.
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